miércoles, enero 16

Derribar muros

Es muy común escuchar que los cristianos y personas de buena voluntad debemos tender puentes. Es necesario e importante para poder permitir el encuentro entre quienes están alejados. Esos puentes hablan, en lo que se refiere a la Iglesia, de su tarea de mediación entre los seres humanos; y el principal de los puentes que hay que tender es el que une la humanidad con Dios. Con dichos puentes se facilita el encuentro entre los hombres y de estos con Dios. Con ello se cumple parte de la misión salvífica de la Iglesia.

Pero hay otra tarea que no debe dejar a un lado la Iglesia junto con tantas personas de buena voluntad. Es una tarea que se viene repitiendo desde los inicios de la historia de la Iglesia y que hoy tiene gran urgencia dadas las situaciones que se vive en la sociedad. Se trata de derribar muros que dividen. Pablo, al dirigirse a los Efesios, nos señala cómo Jesús, al venir a anunciar el Evangelio de la paz, derribó todo muro de división existente entre los judíos y los no judíos: así se presentó como el “hombre nuevo” que había que crear y promover en todo ser humano. Al derribar ese muro de separación se hace patente que la Iglesia es un pueblo nuevo sin distinciones ni divisiones, donde todos participan y actúan en el nombre de un mismo Señor. Pablo nos enseñará también que uno es el Señor, una la fe y uno el bautismo. Para derribar ese muro, Jesús se ofreció a sí mismo y se entregó para lograr la unidad de todo el género humano… es una tarea que sigue realizándose y en la cual está involucrada la Iglesia con su misión evangelizadora…Es la mejor y única manera de conseguir la paz verdadera. Precisamente, esa paz viene de Cristo.

Hoy sigue encontrándose muros de diverso tipo y hasta con muros muy fuertes que parecieran indestructibles. Peor aún, hay quienes lo construyen amparándose en su poder y prepotencia. No nos referimos sólo a los muros que se construyen para separar naciones y hacer infranqueables las fronteras a tantos migrantes. Esos muros dan vergüenza, sobre todo, porque se edifican para bienestar de unos muy pocos y destrucción de solidaridad y lograr la separación de familias y pueblos. Vemos, inclusive, cómo con esos muros se dejan a un lado niños indefensos arrebatados de sus padres por tener un único pecado: ser inmigrantes.

Pero, como ya se dijo, existen otros muros. No necesariamente construidos con piedra ni cemento. Son las murallas edificadas con un material quizás hasta más duro: el de la prepotencia, el del menosprecio de la dignidad humana, el de los intereses particulares de personas y grupos. No sólo separan pueblos, sino pequeñas comunidades y familias. Son los muros vergonzosos del egoísmo y de la corrupción que van creando periferias existenciales lanzadas al olvido y a la desvalorización. En la antigüedad los enfermos de algunas enfermedades como la lepra eran condenados a vivir en el ostracismo y no se podía tomar contacto con ellos. Se tenía entre ellos y la sociedad un muro de desamor. Eso está sucediendo en nuestra sociedad. Es un muro que debe ser derribado para poder conseguir la paz. Esta no consiste sólo en que no se tengan los ruidos estruendosos de la guerra o de los cañones. La paz es la posibilidad real y concreta de convivir en el amor, sin distinciones y en comunión, sin divisiones pero sí con fraternidad.

Cuando se ven esos muros y se lucha por derribarlos, entonces se allanan caminos, se superar las brechas lastimosamente existentes en nuestra sociedad. Al actuar en nombre de Cristo, si se tumban esos muros existenciales, la Iglesia y los hombres de buena voluntad van a conseguir a muchas comunidades y personas que están como ovejas sin pastor. No hay que sentir lástima ante ellos, sino la compasión que demostró el mismo Jesús. Compasión significa compartir el dolor y la angustia, pero llenando de esperanza y de dignificación a quienes han sido condenados sin juicio alguno al ostracismo o al alejamiento en una sociedad que se precia por serla de amplia comunicación entre todos.

La Iglesia, con cada uno de sus miembros, debe asumir esta actitud doble: derribar los muros de división y compartir la soledad y el dolor de los que se ven y sienten sin pastor. De allí la invitación del Papa Francisco de una Iglesia en salida que va sin miedo ni asco a las periferias existenciales. Una Iglesia que se queda sólo con los poderosos (de cualquier tipo, en lo económico, en lo político, y hasta en lo religioso) es una Iglesia que no es fiel al mandato del Señor. Los cristianos que prefieren estar detrás de los muros que separan y no ir al encuentro de las ovejas que están sin pastor, no se pueden definir como fieles a Cristo.

Si de verdad creemos en el Señor Jesús y actuamos en su nombre, la Palabra enseñada por Pablo ha de ser prioritaria: derribar los muros de la división. Esta es obra del que le gusta dividir (diablo significa el que divide). Un cristiano, discípulo de Jesús, que no esté comprometido con esta acción y construye murallas desde su prepotencia, indiferencia, egoísmo o mediocridad, no es “gente de paz” y su vida está bien alejada del amor de Dios.

 

 

+Mario Moronta R.

 Obispo de San Cristóbal

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