domingo, mayo 26

Homilía en los 25 años de vida sacerdotal del Pbro. Felipe Sánchez

¡Qué hermoso es celebrar 25 años de vida sacerdotal de uno de nuestros hermanos! Podemos ver en este hecho una expresión de la gracia de Dios, por lo que podemos cantar con el salmista “¡Gustad y Ved qué bueno es el Señor!” Bendecimos a Dios, ya que se ha hecho presente a través del ministerio a quienes han sido consagrados y configurados a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. En el ejercicio del ministerio de Felipe, gustamos, contemplamos y agradecemos al Señor por ser bueno con su pueblo. La bondad del Señor se hace sentir por el servicio de todo sacerdote.

 

La Palabra de Dios hoy nos recuerda que, a la llamada y consagración, cuya iniciativa viene de Dios, todo sacerdote debe hacer una clara opción para servir. En esta línea nos podemos fijar en dos elementos que nos permiten recordar lo que significa ser sacerdote. En primer lugar, recordando el libro de Josué, los sacerdotes son servidores de un Dios liberador. Con su servicio, continúan la acción salvífica y liberadora del Señor. En segundo lugar, es una opción por Cristo, a quien se configura porque Él sólo tiene palabras de vida eterna.

 

Esta opción marca la vida, la espiritualidad y el compromiso de cada sacerdote. Este debe actuar en todo momento en el nombre de Cristo, lo cual supone una íntima comunión con El. Frente a la incomprensión que puedan algunos manifestar por la crudeza de la Palabra predicada, el sacerdote no puede dudar ni dejarse llevar por dichas incomprensiones. Antes bien, debe ser testigo de la Palabra. No puede irse detrás de ídolos ni de ideologías distintas del Evangelio. Para él, la respuesta de Pedro ha de ser el marco de referencia de su acción ministerial: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. No olvidemos que todo sacerdote debe hacer y ser memoria. Es decir, hacer presente la acción sacerdotal de Cristo. Con el testimonio personal, cada sacerdote traduce lo que Pedro le dice al Maestro: “nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios”.

 

La vida espiritual del sacerdote está debidamente signada por esta vivencia. Con el sello del Espíritu recibida con la imposición de las manos en el sacramento del Orden, el ministro sacerdote hace de la vida según el Espíritu una realidad que lo transforma y que debe ayudar a que otros sean capaces de nutrirse de su testimonio. “¿A quién iremos?” Es más que una interrogante. Se trata de una profesión de fe y de compromiso. De fe, ya que se reconoce la centralidad de Cristo, en cuyo nombre se actúa; de compromiso, pues se insiste en el testimonio de vida del sacerdote.

 

Como lo recordamos al inicio, los sacerdotes son servidores de un Dios liberador. Esto es, a la vez, conclusión necesaria de la configuración con Cristo, el liberador por excelencia con su Pascua. Así lo expresaron los responsables del pueblo de Israel ante Josué: no pueden abandonar al Dios que liberó a sus padres de la esclavitud de Egipto. Al identificarse a Cristo, el sacerdote hace memoria de su Pascua, con la cual se dio inicio a la nueva Creación y a la liberación de la humanidad de las garras del pecado y de la muerte. Todo sacerdote está consagrado para esto. Y lo hace con su libertad der espíritu manifestada en su obediencia, su castidad y su pobreza. Al igual que Cristo, todo sacerdote está llamado a acompañar a su gente y conducirlo, como pastor bueno, hacia las tierras fértiles de la salvación, brindándole confianza, apoyo y seguridad aunque camine por cañadas oscuras.

 

En esta línea, por su fe bautismal como por su configuración con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, todo ministro ordenado debe ser expresión de la opción preferencial por los pobres y excluidos. Sin acepción de personas, debe siempre estar al lado de los más débiles y desprotegidos para contagiarles la fortaleza de Dios. Cual buen pastor ha de garantizar a su pueblo que está en capacidad de dar su vida por él. Así pues, el sacerdote debe ejercer un ministerio liberador. Hoy más que nunca, cuando atravesamos las cañadas oscuras y los barrancos peligrosos de una crisis que nos golpea, el sacerdote tiene que estar presente y con su vara y cayado sostener  a todos, buscar la oveja extraviada y cuidar del redil ante los ataques de tantos lobos que quieren devorar a las ovejas.

 

Durante 25 años, Felipe ha sido imagen de lo que hemos descrito para dibujar el retrato de un sacerdote servidor, consagrado y configurado a Cristo. Ahora le damos gracias a Dios por esta experiencia, y así volvemos a entonar “¡Gustad y Ved qué bueno es el Señor!” Les invito a nos unamos a Felipe en su acción de gracias. A la vez, aprovechemos esta oportunidad que tenemos de reafirmar nuestra fe en el sacerdocio de Cristo, realizado en el ministerio sacerdotal del querido hermano Felipe. Una bella manera de hacerlo es con un gesto muy nuestro: de pie, le brindamos un cálido, sonoro y alegre aplauso.

 

 

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.

 

Libertad, 26 de agosto del año 2018.

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