Jueves, Agosto 24

Al Presbiterio de la Diócesis de San Cristóbal:

“Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor Nuestro” (1 Tim. 1,2)

 

Queridos Hermanos en el Sacerdocio de Jesucristo:

En las últimas semanas, hemos vivido situaciones muy particulares que han agravado la crisis en Venezuela. A pesar de los llamados del Episcopado y del mismo pueblo venezolano, el Gobierno impuso su voluntad hegemónica e instauró una “Asamblea Nacional Constituyente”, ilegal, inconstitucional y sin convocatoria del pueblo, verdadero sujeto social de la democracia. A esto se une la forma fraudulenta de realizar la elección de los “constituyentistas” y el anuncio de un universo de votantes que no se conforma con la realidad.

Motivadas por dirigentes políticos y actores de la sociedad civil, se organizaron jornadas de protestas donde no faltaron actos de violencia, sobre todo la inhumana y atroz represión de los órganos de seguridad, con su triste saldo de detenidos, heridos y asesinados. El número de los muertos superó el centenar y un alto porcentaje fue de hermanos tachirenses, algunos de ellos menores de edad. En medio de dichas protestas y después del 30 de julio pasado se desató una especie de persecución para apresar a dirigentes, especialmente jóvenes, con el estilo de la ideología de “seguridad nacional” que se consideraba superado.

Junto a esto, para profundizar la crisis aún más, se unen la inseguridad cada día más creciente, el hambre de muchos hermanos nuestros, la imposibilidad de conseguir insumos alimenticios y médicos, la especulación galopante y la hiperinflación que desestabiliza cada vez más la economía. Muchos hermanos nuestros, del Táchira y de Venezuela, están emigrando hacia otros países para buscar una mejor calidad de vida, trabajo y recursos para el sostén de sus familias. Los vemos transitar por nuestros caminos y llegar a la frontera con Colombia: su mirada es triste y el desconsuelo es grande.

Luego del 30 de julio, ha aumentado la desesperanza en la inmensa mayoría de nuestra gente. Se le crearon falsas expectativas y ante la imposición de la Asamblea Nacional Constituyente se derrumbaron esperanzas creadas por una dirigencia que aupó protestas, pero que desde ese día ha guardado un silencio ensordecedor. La gente ha perdido confianza en esa misma dirigencia política y se siente huérfana de acompañamiento por parte de ella.

Sin embargo, ya desde antes, con mensajes claros y admonitorios, los únicos que han hablado directamente al pueblo han sido Obispos y sacerdotes. Esto, ciertamente, ha generado, una confianza en el pueblo hacia la Iglesia, quien actúa como “madre y maestra” de todos. Esto ha generado críticas y ataques de sectores oficialistas y acusaciones contra algunos sacerdotes, religiosos y religiosas. También ha provocado acciones represivas como las acontecidas en Valencia contra los padres salesianos y las hermanas de Cristo Rey. Entre nosotros, algunos hermanos sacerdotes han sido señalados e investigados.

Ante lo expuesto, surge una interrogante que hemos de responder desde la seria conciencia de  nuestro ministerio ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo hemos de orientar y fortalecer nuestro servicio al pueblo? Sin dejar el ejercicio de ordinario de nuestro ministerio, nos corresponde intensificar la cercanía y el acompañamiento al pueblo, al cual pertenecemos. El Profeta Ezequiel nos ilumina en el cómo hacerlo: “Hijo de hombre, te he constituido como centinela de la casa de Israel” (Ez 3,16) El centinela es quien cuida, enseña y protege al pueblo del enemigo. Hoy más que nunca, hemos de asumir este desafío. No se trata sólo de hablar, sino también de estar pendientes de la gente y que ella sienta el cuidado de sus pastores.

En este sentido, nunca olvidemos que somos pastores, configurados a Cristo Pastor Bueno. No es ningún secreto que el Gobierno buscará atacar a la Iglesia y lo hará teniendo en cuenta que, al herir al pastor, herirá y dispersará a las ovejas. La Palabra de Dios nos indica el camino a transitar: imitar al Buen Pastor, quien conoce sus ovejas y es conocido por ellas; las cuida y protege de los mercenarios y enemigos e, incluso, da la vida por ellas mismas; su voz sí es escuchada y seguida por ellas y Él es capaz de ir en busca de la que se pueda extraviar (Jn 10). Esto lo debemos hacer sentir a nuestra gente. Pero ¡atención! Los ataques que puedan venir no serán sólo por lo que podamos predicar o realizar en nuestra acción pastoral. Es probable que comiencen a hacer públicas las malas conductas de algunos hermanos sacerdotes, aquí y en toda Venezuela. Por ello, no sólo hoy, sino siempre, nos hemos de distinguir como testigos de vida cristiana y modelos de santidad para la grey. Conviene escuchar las serias advertencias del profeta Ezequiel: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño?” (Ezeq 34,2). Cuando se presenten situaciones de ataque, persecución o similares, les pido comunicarlo para así poder actuar de manera inmediata.

En la atención a la grey hemos de reforzar nuestra caridad pastoral. Acercarnos y sostener a quienes sientan debilidad supone atender las necesidades de quienes están pasando hambre y tribulación. De allí que hayamos pedido ya hace tiempo fortalecer y promover la pastoral social y las “Cáritas” parroquiales. De igual modo, es necesario, con creatividad y generosidad, atender a tantos emigrantes que transitan nuestros caminos y llegan a la frontera. Ni nosotros ni nuestros feligreses deben permanecer indiferentes ante ellos. Hoy, más que nunca, debemos manifestar la opción preferencial por los pobres y excluidos, cuya fuente primordial es ese Cristo Sacerdote, a quien estamos configurados

Hemos de anunciar a tiempo y a destiempo la Palabra de Dios y desde ella la Doctrina Social de la Iglesia. Al hacerlo, nos hemos de manifestar como voceros de Dios y no como dirigentes políticos o sociales. Somos ministros; es decir, servidores de la Palabra que transmite la Verdad que produce liberación (Jn 8,32). La prudencia se impone: ésta no es ni miedo ni connivencia. Debemos ser cuidadosos con el manejo de los medios de comunicación, de las redes sociales y otros instrumentos tecnológicos para no ofender a nadie, hacerse eco de falsos rumores ni para aparentar lo que no somos.

Al ser ministros de la santificación, no sólo hemos de promover la liturgia y la oración. Se requiere ser ejemplos, como lámpara viva que destruye la oscuridad: nuestro pueblo debe sentir que oramos con él y por él. Debemos ser ejemplo y testigo de ello con expresiones auténticas  y sinceras de la “vida según el Espíritu” (cf. Rom 8). Será una forma también clara de hacerle experimentar a la grey la voz del Buen Pastor Jesús en la nuestra, expresión de la comunión con el Señor.

Somos un cuerpo con origen sacramental, el Presbiterio. Su característica marcante es la fraternidad sacramental. Un hermoso y decidido testimonio que podemos darle al Pueblo de Dios es nuestra unión. La gente, al vernos hermanados, podrá llenarse de más confianza y seguridad en esta situación de desconsuelo que vive hoy. Así haremos realidad lo cantado por el salmista: “¡Mira qué bueno y da gusto que los hermanos convivan unidos!” (Salmo 133, 1). Con ese mismo testimonio de fraternidad podremos asumir el reto de la reconciliación. Estamos llamados a derribar los muros de división y tender puentes; de alentar la conversión y edificar la paz; de erradicar el odio, el rencor y la sed de venganza. Esto mismo exige imitar a Cristo quien se entregó por todos y no vino a condenar sino a salvar.

Finalmente, recordemos que nos toca actuar en nombre de Jesús. A Pedro y sus compañeros, cuando se le apareció caminando sobre las aguas les dijo: “¡No tengan miedo, soy Yo!” (Mt 13,22ss). El Señor nos pide hoy, de manera especial, que seamos capaces de caminar por aguas turbulentas para ir al encuentro continuo de nuestra gente y decirle: “¡No tengan miedo, aquí está cada uno de nosotros para protegerlos!” Esto requiere que ni seamos mediocres ni nos dejemos llevar por temores o posturas cómodas. Sencillamente seremos capaces de hacerlo pues sabemos en quien hemos puesto nuestra confianza: precisamente en Jesucristo, el Señor.

Les animo a ser testigos y servidores de todos nuestros hermanos, porque también formamos parte del pueblo. La gente lo debe sentir en todo momento. Quiero ratificarles mi comunión y afecto para cada uno de ustedes. Pueden tener la seguridad de que estoy dispuesto a seguir dando lo mejor de mí, incluso mi vida, por ustedes y por todo el pueblo de Dios. Permanezcamos unidos en la fe y en la caridad. Esto es posible al compartir el pan de la Palabra y de la Eucaristía, con la oración y la fraternidad que brota del sacramento del Orden. Nuestra Señora de la Consolación nos acompañe con su maternal protección.

 

Les reitero mi aprecio y amistad y les bendigo afectuosamente

 

+Mario del Valle, Obispo de San Cristóbal.

 

San Cristóbal, 10 de agosto del año 2017, Festividad de San Lorenzo, mártir.

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