jueves, octubre 19

Confesar la propia fe en Jesús

De nuevo Pedro: luego del episodio donde le fue recriminada su poquedad de fe, y del reconocimiento de la inmensa fe de la mujer Cananea, Pedro hace una demostración de su propia fe. Ante la pregunta del Maestro sobre quién dice la gente que era Él, da las diversas respuestas que hay en el ambiente. Inmediatamente, al ser interrogado sobre lo que él y sus discípulos afirman, Pedro responde de manera directa y precisa “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Es otra osadía de Pedro; pero esta vez le salió de lo mejor. Pues se convirtió en una confesión de fe, con una consecuencia en su futuro.

Sin embargo, Jesús le da una lección. “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre”. Es interesante ver esta advertencia de Jesús. En primer lugar el reconocimiento de que es algo especial que le produce alegría. Ya en el evangelio, en varias oportunidades, se reconoce que sólo es dichoso quien cree. Ahora le toca el momento a Pedro. Es dichoso porque, con sus condiscípulos, es capaz de creer. Pero viene lo segundo  que es importante. Para que su fe no sea poca, como lo ha sido en otras ocasiones, Jesús le indica que se trata de una especial gracia de Dios Padre. Es Él, quien se lo ha revelado y dado a conocer. Aquí está la clave para entender lo que significa de verdad creer: estar en sintonía con Dios, quien otorga este don para que se ponga en práctica.

Pedro es capaz de reconocer quién es Jesús y hace su profesión de fe. En ese acto se conjugan dos cosas: una, el conocimiento que personalmente tiene de Jesús, quien va revelando los misterios del reino. Otra, la más importante, es la gracia del Padre que le ilumina la inteligencia y esclarece su visión de fe. Por eso, es dichoso: pues ha dado el paso de creer. No se puede prescindir de ambos elementos: lo humano es enriquecido por lo divino y así la fe produce sus efectos.

Jesús le premia su osadía de fe y le entrega la misión de ser “piedra para edificar la Iglesia”. Tendrá, entonces las llaves del reino y los poderes que ello conlleva. Todo esto lo deberá hacer, ciertamente con el compromiso de creer y, como lo recibirá posteriormente, con el encargo de anunciar el Evangelio.

Este episodio del Evangelio nos permite a los cristianos de hoy reafirmar que debemos conocer a Dios, por medio de la Palabra, de la Liturgia, de la enseñanza de la Iglesia… pero, a la vez, dejarnos penetrar por la gracia de Dios. No es difícil, ya que la fe la hemos recibido como un don el día de nuestro bautismo. Es lo que ciertamente nos permitirá vivir en plenitud y felicidad. Confesar públicamente a Cristo es producto de la alegría que nos contagia el Evangelio.

 

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.

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